Reescritura de La Cenicienta
El cuento tradicional escogido es La Cenicienta de Charles Perrault (1697) y la reescritura es La Cenicienta que no quería comer perdices (2009), de Nunila López Salamero. Nos hemos decidido por este cuento porque en la reescritura se construye un modelo de mujer que desafía los roles tradicionales.
Para comenzar, vamos a realizar una introducción de ambos cuentos:
Por un lado, la versión de La Cenicienta de Charles Perrault (1697) trata el cuento clásico que todos conocemos. El padre de Cenicienta queda viudo y se casa con una mujer cruel, quien tiene dos hijas. La madrastra y sus hijas tratan a Cenicienta como si fuera su sirvienta, pero ella mantiene su bondad en todo momento. Un día, el rey organiza un baile para que su hijo, el príncipe, elija esposa. La madrastra le prohíbe a Cenicienta asistir al baile y se marcha con sus hijas. Sin embargo, en este momento aparece un hada madrina que gracias a la magia permite que Cenicienta asista al baile en una carroza con un precioso vestido y unos zapatos de cristal espectaculares. Sin embargo, le advierte que el hechizo se romperá a medianoche. Al llegar al baile, el príncipe queda cautivado con la belleza de la joven y no se separa de ella, pero antes de que el reloj marque las 12, Cenicienta huye dejando tirado uno de sus zapatos de cristal. El príncipe, sin poder olvidarse de ella, comunica que buscará a la dueña del zapato y que a la que le quede bien será su esposa. Finalmente, el zapato encaja a la perfección en el pie de Cenicienta y a los días se casan y viven felices.
Por otro lado, en La Cenicienta que no quería comer perdices (2009), de Nunila López Salamero, la protagonista se introduce al principio como una mujer ansiosa y deseosa con ganas de salir de fiesta. Tras la salida llega muy tarde y no se acuerda de nada, pero a su vez un poco despistada y sin ser consciente de sus actos. Siguiendo la narración observamos que cuando llega el momento de probarse los zapatos de cristal, logra ponérselos por cabezonería e insistencia. Además, a pesar de ser vegetariana, se esfuerza por comer carne, en especial perdices, ya que era la comida preferida del príncipe. Y no conforme con eso, ella es la que debe cocinarle al príncipe las perdices y la que se tiene que poner los zapatos de cristal porque a él le gusta. Finalmente, ante tales disgustos, la princesa se sentía devastada y con el corazón hundido. Llega entonces a la gran conclusión: ella es la única que puede salvarse. No obstante, aparece su hada, quien actúa como una especie de psicóloga para ella y tras desahogarse comienza a llorar y tras esto decide ir en busca de cosas bonitas, dejando así al príncipe, los zapatos y las perdices. Gracias a su esfuerzo descubre nuevos amigos como Pinocho o Caperucita Roja. De este modo, Cenicienta no se encuentra sola y encuentra su felicidad creando su propio restaurante y dándole un cambio a su vida.
El cuento de Cenicienta es una de las narraciones más populares de la literatura universal, con versiones que datan desde la Antigüedad hasta los relatos recopilados por Charles Perrault en 1697 (Cendrillon, ou la petite pantoufle de verre) y los Hermanos Grimm en 1812 (Aschenputtel). Este relato ha sido adaptado en múltiples formatos, incluyendo el cine, donde la versión animada de Disney (1950) consolidó su imagen más conocida.
Por otro lado, La Cenicienta que no quería comer perdices (2010), escrito por Nunila López Salamero e ilustrado por Myriam Cameros Sierra, propone una reescritura feminista que rompe con los estereotipos tradicionales del cuento de hadas. En esta versión, la protagonista no se conforma con el final feliz impuesto por la norma social, sino que toma las riendas de su destino.
En la versión tradicional de Cenicienta, la protagonista encarna el ideal femenino de la época: es sumisa, obediente y paciente, soportando el maltrato de su madrastra y hermanastras sin rebelarse. Su única salvación llega gracias a la intervención mágica del
hada madrina y al matrimonio con el príncipe, que simboliza la recompensa por su bondad y belleza. Con esto se refleja cómo Cenicienta depende completamente de una figura externa para cambiar su destino, sin ninguna acción propia más allá de su pasividad y sufrimiento.
Su madrina, que era hada, le dijo:
-¿Deseas ir al baile? ¿He adivinado?
-¡Ah!, sí; contestó la cenicienta suspirando.
-¿Serás buena?, le preguntó su madrina. Si lo eres, irás al baile.
(Fragmento de La Cenicienta. Perrault, 1697)
En La Cenicienta que no quería comer perdices, el personaje principal es una mujer que cuestiona el papel que se le impone. Se casa con un príncipe, pero descubre que la vida en el palacio es una prisión disfrazada de cuento de hadas. Llega un punto de inflexión en el cuento que es cuando decide liberarse de las expectativas sociales y buscar su propia felicidad. “Dejó de sentirse culpable, se perdonó y se dio cuenta de que la única capaz de salvarte eres tú misma” (Nunila López Salamero, 2010, p. 25-26). Este cambio rompe con la idea del matrimonio como único destino para la mujer y refuerza la importancia de la autonomía y el amor propio. Además, este cuento utiliza un lenguaje más accesible, con ilustraciones que refuerzan el mensaje de empoderamiento.
Pasando a la relevancia de la lectura y reescritura feminista, analizar los cuentos clásicos desde una perspectiva feminista nos permite identificar cómo los relatos perpetúan ciertos roles de género y cómo podemos transformarlos para contar historias más igualitarias. En Desde la ventana, Carmen Martín Gaite reflexiona sobre cómo las mujeres han sido tradicionalmente retiradas a espacios privados y limitadas en sus oportunidades, algo que también ocurre en los cuentos clásicos, donde las protagonistas suelen depender de otros para alcanzar la felicidad.
Reescribir estos cuentos permite cuestionar esos estereotipos y proponer nuevas narrativas en las que las mujeres sean independientes, se apoyen entre sí y puedan decidir su propio destino. La Cenicienta que no quería comer perdices rompe con la versión tradicional y ofrece una nueva manera de representar a las mujeres en la literatura infantil y juvenil, alejándose de los estereotipos y promoviendo la libertad de elección.
Para concluir, la comparación entre Cenicienta y su reescritura contemporánea La Cenicienta que no quería comer perdices, nos muestra la evolución en la representación de la mujer en los relatos populares. Mientras que la versión clásica refuerza valores tradicionales de sumisión y dependencia, la reescritura propone un modelo de mujer libre y empoderada.
Cuando la mayoría del imaginario literario se configura desvirtuando a la mujer, una reescritura como la que hemos presentado no debe suponerse como banal. Esta transformación demuestra, por tanto, la relevancia de la revisión acerca de los relatos que consumimos y ofrecemos a las nuevas generaciones, para construir referentes más inclusivos y equitativos.
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